Decir lo incómodo: lo que no decimos también habla
A veces no es tristeza.
Es silencio.
Es quedarse.
Es leerse.
Clarice Lispector
Escrita por: Elisa Ochoa
A veces, la conversación más difícil es la que todavía no hemos tenido. Esa que vamos ensayando en la ducha, mientras lavamos los platos o mientras caminamos. Normalmente, en esas conversaciones, sabemos exactamente lo que queremos decir y, sin embargo, cuando llega el momento de hablar, algo nos detiene y terminamos callando o decorando las palabras por miedo a lo que puedan provocar en el otro.
Podríamos decir, que existe una forma del silencio que parece generosa, la de quien calla para no herir, para no alterar, para no cambiar eso que se siente frágil. Pero usualmente, ese silencio pesa más de lo que protege, y aquí la pregunta no sería si decir o no eso que llevamos dentro, sino, cómo decirlo.
Lo que no se dice no desaparece
Muchas veces transitamos nuestras relaciones con la idea de que, si no nombramos algo, ese algo dejará mágicamente de existir. Creemos que el silencio protege y que no abrir una conversación difícil es una forma de no incomodar, de no incomodarnos y así cuidar el vínculo.
Pero lo que no se dice no va a desaparecer por arte de magia. Por el contrario, se acumula y poco a poco se va convirtiendo en distancia, en resentimiento silencioso, en pequeños gestos que van erosionando el vínculo sin que sepamos exactamente por qué.
La conversación que evitamos sigue activa en la relación, solo que, de forma subterránea, sin que ninguno de los implicados pueda hacerse realmente cargo de ella. Y no solo afecta al vínculo como tal, también a quien calla. Hay una tensión que se convierte en carga, una incomodidad que se instala en el cuerpo, una versión de uno mismo que empieza a encogerse cada vez que evita decir lo que necesita decir. El costo del silencio no siempre es evidente, porque se paga de forma lenta, casi imperceptible.
Tramitar nuestra propia incomodidad
Simone Weil decía que “la atención es la forma más rara y pura de la generosidad”. Atender al otro, de verdad, no a la imagen cómoda que tenemos de él, sino a lo que le ocurre y a lo que eso despierta en nosotras, implica, a veces, decir lo que preferiríamos callar. El silencio, que a veces se disfraza de cuidado, también puede ser una forma de protegernos a nosotras mismas del malestar del conflicto. No siempre callamos por el otro, muchas veces lo hacemos para no atravesar nuestra propia incomodidad.
Una amiga que no señala un comportamiento que le duele para evitar una discusión. Una pareja que no menciona lo que le molesta para mantener la paz. Un hijo que se guarda lo que le ocurre para no preocupar. En todos estos casos, hay una intención de cuidado, pero también una renuncia, la de construir una relación más honesta. Al callar, no solo estamos evitando el conflicto, también le quitamos al otro la oportunidad de comprender, de elegir y de actuar con información real desde lo que está ocurriendo.
La huella que dejamos cuando hablamos
Como lo dice Susan Sontag: “las palabras significan. Las palabras apuntan. Son flechas. Flechas clavadas en el cuero tosco de la realidad”. Y si bien con esta frase se refería especialmente al significado como tal que tienen las palabras, es posible extrapolarla al ámbito de la relación con el otro y la forma en que nuestras palabras lo atraviesan.
Hablar no es un acto neutro. Cuando hablamos con alguien, no podemos olvidar que nuestras palabras llegan a un ser con su propia historia, sus heridas y sus formas de interpretar. Hacernos responsable de la huella de dejamos en él no significa dejar de expresarnos, sino acompañar eso que decimos con atención, ser conscientes desde dónde hablamos y estar disponibles para ver qué produce en el otro y permitirnos construir desde ahí.
La pregunta por el desde dónde estoy hablando es primordial. Hay una gran diferencia entre hablar desde el juicio que desde la experiencia. Cuando nuestra conversación se centra en exponer lo que creemos o asumimos que el otro es, lo que siempre o nunca hace, cerramos la conversación, obligamos al otro a activar su defensa, y desde ahí es muy difícil construir algo significativo. Cuando planteamos la conversación desde lo que nos ocurre, abrimos un espacio distinto, en el que el otro puede escuchar sin estar pensando en protegerse. Este cambio no tiene que ver con una mayor amabilidad, sino en hacer posible el encuentro y la construcción.
Aparecer en el mundo a partir de la palabra
Hannah Arendt, en su libro La condición humana, escribió:
Mediante la acción y el discurso, los hombres muestran quiénes son, revelan activamente su única y personal identidad y hacen su aparición en el mundo humano, mientras que su identidad física se presenta bajo la forma única del cuerpo y el sonido de la voz, sin necesidad de ninguna actividad propia.
Siguiendo esta idea, hablar no es solo transmitir información, es aparecer. Cuando decimos algo difícil, algo verdadero, que nos cuesta, no solo estamos comunicando algo al otro, nos estamos revelando. Y eso tiene una connotación importante y explica en parte por qué callar nos resulta tan tentador, porque decir implica mostrarnos, incluso en aquello que no tenemos del todo resuelto.
No es solo el miedo a herir al otro lo que nos detiene, sino también el temor a quedar expuestas, a que lo que digamos revele demasiado sobre quiénes somos. Decir lo que necesitamos expresar no siempre es algo fácil, ya que supone sostener la exposición sin endurecernos ni retirarnos, es mostrarnos vulnerables, al tiempo que permanecemos en todo aquello que pide ser dicho.
Quizá por eso no se trata únicamente de encontrar las palabras adecuadas, sino de la forma en que habitamos ese momento. Decir con cuidado, con atención, pero sin evasión, es entonces un doble acto de valentía, tanto hacia el otro, como hacia nosotras mismas. Supone aceptar que no podemos controlar por completo el efecto de lo que decimos, ni anticipar del todo lo que ocurrirá después. Implica, más bien, permanecer en ese espacio donde algo puede transformarse en la relación, en el otro y en nosotras mismas. Y aceptar, además, que ese movimiento, aunque pueda resultar incómodo, también hace parte del cuidado.
Reto semanal: habitar la conversación pendiente
Permítete reconocer si hay alguna conversación que has estado evitando o posponiendo. No te invitamos a tenerla de inmediato, sino a pensar en algunos aspectos:
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- ¿Qué es lo que realmente te resulta incómodo decir?
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- ¿Qué parte de esa incomodidad tiene que ver con el otro y qué parte tiene que ver contigo?
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- ¿De qué manera te gustaría orientar ese encuentro?, ¿cómo podrías hacerlo desde la experiencia y no desde el juicio?
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Si decides acercarte a esa conversación, trata de hacerlo de forma sencilla, no buscando ganar, sino comprender y hacerte comprensible.
Y si aún no es el momento de hacerlo, al menos empieza por tratar de reconocer las verdaderas razones por las que no te decides a abrir ese espacio.
En cualquiera de los dos casos te invitamos a escribir al respecto.
Para seguir explorando
En este video, desde Conexpresión, te compartimos algunas prácticas para liberar la tensión, que te pueden servir antes de enfrentarte a una conversación difícil.
