Educar desde lo humano: emociones, cuerpo y vínculos en el aula
Escrita por: Elisa Ochoa
Muchas veces se piensa en la educación como un proceso principalmente intelectual, cuyo objetivo principal es transmitir información, desarrollar habilidades cognitivas y evaluar los resultados. Sin embargo, cualquier persona que ha pasado por un aula sabe que allí ocurren experiencias mucho más complejas. En el aula se siente, se convive por largo tiempo con personas que son distintas a nosotros, se forjan vínculos.
Estudiantes y docentes llegan diariamente al aula con cuerpos cansados, con preocupaciones, con curiosidad, con frustraciones, con sueños o con entusiasmo. Todo esto está presente mientras la clase ocurre, influyendo en la atención, en la motivación, en las relaciones y en el aprendizaje mismo.
Hoy sabemos que emoción y pensamiento no son procesos que ocurren de forma separada. A este respecto, el neurólogo portugués, Antonio Damásio ha demostrado que las emociones participan de forma activa en procesos como la toma de decisiones, la memoria y la atención. Según estos hallazgos, el sentir no interrumpe el pensamiento, sino que lo orienta.
El papel del docente
Cada clase está atravesada por una gran variedad de estados de ánimo. A veces hay curiosidad y apertura; otras veces cansancio, dispersión, frustración o inquietud. Así mismo, un comentario puede llevar a que se abra la participación o por el contrario cerrarla. Un error puede convertirse en la oportunidad para aprender algo nuevo o en una experiencia de vergüenza.
Las emociones están relacionadas con procesos centrales del aprendizaje, como lo son la atención y la memoria, así como en la relación que los estudiantes construyen con el conocimiento.
En toda esta dinámica, el docente juega un rol muy importante. Esto no significa que deba convertirse en un terapeuta. El aula no es un espacio clínico. Pero sí es un espacio profundamente humano en el que circulan las emociones y la forma en que estas se gestionen tiene una gran influencia en la experiencia educativa.
Quien enseña no solo transmite contenido, sino que también educa en una forma de relacionarse con el error, con el otro, con el conflicto y con la frustración.
Una idea que se ha mantenido en el tiempo
La discusión sobre el componente humano de la educación no es algo nuevo. En el siglo XVI, el filósofo francés Michel de Montaigne cuestionaba una educación centrada solo en lo enciclopédico. Para él, educar no consistía en llenar la mente de conocimientos, sino en un “proceso de formación del carácter y el criterio del estudiante”. Como señala en sus Ensayos: “Nos esforzamos por llenar la memoria y dejamos vacío el entendimiento y la conciencia”. De este modo, el autor advertía que la educación pierde su sentido cuando se limita a llenar la mente de conocimientos sin transformar la manera de pensar y de vivir.
Un siglo más tarde, Jean-Jacques Rousseau abordó de nuevo estas ideas. En Emilio o de la educación, escribió sobre la importancia para la educación de respetar la naturaleza y el periodo de desarrollo del niño. Para este pensador, el aprendizaje no ocurre solo a través de las explicaciones, sino que es indispensable poder experimentar, descubrir y relacionarse con el mundo.
Estos dos escritores coinciden en que la educación no ocurre solamente en la mente, sino que está relacionada con la experiencia completa de quien está en proceso de aprendizaje.
Emociones, conocimiento y vida en sociedad
Las emociones no solo pertenecen al ámbito individual, también forman parte de nuestra vida social y de los espacios que habitamos. La filósofa Martha Nussbaum ha expresado que las emociones están relacionadas con la forma en qué valoramos el mundo, expresan lo que consideramos importante, lo que nos preocupa y lo que nos afecta.
En el salón de clase estas valoraciones se presentan constantemente. Por ejemplo, un estudiante que tiene miedo al error se relacionará de forma distinta a quien se siente seguro para experimentar. Del mismo modo, cuando una idea o un tema logran despertar curiosidad o entusiasmo, el conocimiento deja de percibirse como una obligación y se transforma en algo que vale explorar.
En esta misma dirección, la educadora Bell Hooks expresa que el pensamiento crítico también necesita una relación viva con las ideas: “Un elemento de sabiduría práctica que acompaña al pensamiento crítico consciente es la continua experiencia de sentirse maravillado. La capacidad de asombro, emoción e inspiración frente a las ideas es una práctica que abre de forma radical la mente”.
Cuando el aprendizaje logra despertar ese asombro, la atención cambia y el conocimiento se vuelve más significativo.
El cuerpo también va a clase
Muchas veces cuando pensamos en las emociones no solemos relacionarlas con el cuerpo, olvidamos que las emociones se expresan precisamente en el cuerpo, en la respiración, en la postura, en la tensión y hasta en los movimientos.
La neurocientífica Nazareth Castellanos ha demostrado que los procesos corporales como la respiración o el ritmo cardíaco influyen en la actividad cerebral y en la regulación emocional. El cuerpo deja de ser visto como el lugar en el que ocurren las emociones y pasa a participar activamente de ellas.
Es por esta razón, que realizar experiencias e incluso pequeñas actividades que involucren lo corporal pueden tener efectos importantes en la atención y en el clima dentro del aula.
El contexto educativo está cambiando
En Colombia esta discusión ha llegado hasta el Congreso de la República, quien promulgó la Ley 2503 de 2025 por medio de la cual se crea la Cátedra de Educación Emocional en todas las instituciones educativas del país desde preescolar hasta educación media.
La Ley reconoce la educación emocional como “un proceso educativo, intencional, continuo y permanente, que complementa el desarrollo cognitivo, […] para potencializar el desarrollo integral de la personalidad y aumentar el bienestar personal y social”.
Esta iniciativa busca comprender la educación emocional como un enfoque transversal. Es decir, como una forma de reconocer que las emociones, el cuerpo y el aprendizaje están profundamente ligados en la vida escolar.
Educar es acompañar lo humano
La educación emocional no consiste únicamente en enseñar a “controlar”, como a menudo se dice, lo que se siente. Tampoco se trata de añadir un contenido más “de relleno” al currículo. Implica reconocer que el aprendizaje sucede en una experiencia humana compartida.
Cada interacción en el aula, cada pregunta, explicación o corrección, sucede dentro de un clima emocional. Reconocerlo no le resta importancia al conocimiento académico. Al contrario, nos permite comprender mejor las condiciones en las que ese conocimiento puede florecer.
Educar en emociones es educar para la vida, para relacionarnos con los que sentimos, con los otros y con el mundo que habitamos.
Reto de exploración para el aula
Es posible comenzar a humanizar el aula a través de gestos simples que reconocen que aprender también es una experiencia emocional y corporal.
Durante esta semana, te invitamos a probar dos técnicas sencillas:
1. Ritual breve de llegada
Al iniciar la clase, dedica un minuto a reconocer cómo llega el grupo. Puedes tomarte un momento para compartir una respiración grupal y luego, invitarlos a decir una palabra que exprese como se sienten en ese momento.
2. Pausa breve para volver al cuerpo
En algún momento de la case, especialmente después de un periodo largo de trabajo o explicación, propón una pausa corta. Invítalos a estirarse, mover los hombros o cerrar los ojos por un momento y observar la respiración.
Al final de la semana, pregúntate: ¿cambió algo en el clima del aula?
Para seguir explorando
En este video, el educador Rafael Bisquerra explica los beneficios de la inteligencia emocional para el bienestar de la sociedad y brinda algunos consejos prácticos sobre educación emocional.
La psicóloga y escritora Begoña Ibarrola comparte algunos puntos que considera básicos para la educación emocional de los niños, así como herramientas para fomentarlas.
