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El arte de pausar

Escrita por: Elisa Ochoa

Hay días en que el tiempo avanza con una rapidez que no concede espacio para percibir el mundo. Las horas se encadenan idénticas entre sí y la vida queda reducida a un tránsito continuo entre tareas. Frente a esa inercia, la pausa no aparece como un lujo o como una estrategia de eficiencia, sino como una forma de pensamiento. No interrumpe la vida, sino que la revela, la vuelve visible. 

Los griegos hablaban de scholé para nombrar un estado libre de trabajo, el cual era fundamental para la búsqueda de la sabiduría y de un mejor modo de vida. De este tiempo fértil nace nuestra palabra escuela, no como un lugar de productividad, sino como un ámbito para entender lo que merece ser pensado. En la tradición romana, otium es ese tiempo en el que el ciudadano está libre de funciones públicas y privadas y se puede dedicar al disfrute de las actividades que elige. En ambos casos, el ocio no es ausencia de hacer, sino la apertura a una disposición interior que no exige resultados. 

En De brevitate vitae, Séneca escribe: “nada concierne menos al hombre ajetreado que el vivir”. Añade que un espíritu saturado de ocupaciones “no asimila nada con profundidad, sino que lo rechaza todo como impuesto”. Para él, la ocupación continua no era señal de importancia, sino una forma de perder la vida en lo accesorio. Pausar no era suspender el curso de los días, sino permitir que ese curso se volviera habitable, que el juicio y la sensibilidad encontraran un espacio donde expresarse. 

Esa lucidez antigua encuentra eco contemporáneo en la escritora francesa Lydie Salvayre, quien en uno de sus ensayos describe lo que llama “el síndrome de la vida ocupada”: una secuencia de tareas, actividades y entretenimientos que actúa como una forma de anestesia. Trabajar sin descanso o saturar el tiempo libre con cursos, talleres y estímulos, según la autora, nos protege de mirar de frente la propia finitud. Ella los llama “el gran mercado del consuelo”: una proliferación de actividades que dan la sensación de libertad, pero que continúan la misma dinámica del rendimiento. “De tantos quehaceres y pendientes no queda ni un minuto para pensar(nos) ni cuestionar(nos)”. 

Mantenerse siempre haciendo algo: trabajando, “aprovechando el tiempo”, asistiendo a un sinfín de actividades, tachando listas de tareas, funciona, según Salvayre, como una cortina de humo que evita el encuentro con una misma. El tiempo que llamamos “muerto”, señala, no está muerto para la vida, solo lo está para la producción. Este es, en realidad, un tiempo vivo, un tiempo que anima, ensancha, permite pensar, crear, admirar, amar. La “pereza decidida”, a la que se refiere como esa actitud que se resiste a la lógica de la productividad infinita, no es desidia, sino una forma de claridad, un modo de sustraerse a la obligación de ser siempre útiles. “La pereza permite que el pensamiento se tome su tiempo”. 

Esa mirada dialoga con una anterior, la de Bertrand Russel, quien en 1932 afirmaba, en su Elogio a la ociosidad, que el ocio no era un defecto moral sino una condición de la vida civilizada. Él decía que solo cuando dejamos de ocupar cada minuto con tareas aparece un espacio donde la imaginación, el pensamiento y el simple gozo de estar vivos pueden desplegarse. El problema, sostenía, no es descansar, sino haber convertido la ocupación en una virtud incuestionable. 

En un tiempo en que contamos el número de libros que leemos, los pasos que damos, las calorías que gastamos; en el que estamos compartiendo y comparando continuamente ritmos, nivel de ocupación, exigencias y supuestos logros, pausar es un gesto casi revolucionario. Un modo de interrumpir, aunque sea brevemente, la lógica de la acumulación y el desgaste, de recuperar la posibilidad de habitar el día sin medirlo. 

A menudo confundimos la pausa con la desconexión rápida que prometen las pantallas y terminamos desplazándonos sin rumbo por las redes, consumiendo series de forma automática, llenando con ruido cada espacio del día. Y si bien estas actividades no son nocivas en sí mismas (ver una serie puede llegar a ser un refugio legítimo), pueden llegar a funcionar como una forma de anestesia que oculta el cansancio en lugar de atenderlo, tal como lo señala Salvayre. Creemos que estamos regalándonos un descanso cuando en realidad estamos evitando sentir, pensar o simplemente estar.  No es una pausa sino un modo suave de seguir corriendo sin movernos. 

La pausa no siempre llega con facilidad. Estamos tan acostumbrados al movimiento constante, a la ansiedad de las notificaciones, a la sensación de urgencia incluso cuando no hay nada realmente urgente que atender, que detenernos puede resultar incómodo. Al principio suele aparecer el aburrimiento, esa inquietud que confundimos con vacío y que en realidad es el síntoma de la saturación de los sentidos. La pausa es algo que se aprende. Es necesario entrenar el cuerpo y la mente para habitar de nuevo el silencio, para tolerar la falta de estímulos sin querer salir corriendo. Con el tiempo, ese ejercicio deja de ser extraño y se convierte en un modo más amplio y más amable de estar en el mundo. 

Pausar no es una renuncia, sino una forma de regresar a lo elemental. Es permitir que la respiración encuentre su propio ritmo, que el pensamiento se asiente y que la mirada repose sin apuro y sin juicios sobre lo que tiene delante. A veces basta un pequeño intervalo, unos minutos sin propósito, una caminata corta sin destino aparente, un silencio elegido, para que el día recupere su profundidad. Pausar no corrige nada, no promete revelaciones grandiosas, simplemente despeja el ruido lo suficiente para ver. Y en esa mirada más lenta y más atenta la vida vuelve a sentirse propia. 

Reto semanal: ventana abierta

Durante esta semana, elige un momento  del día para practicar el ejercicio que te dejamos en el audio a continuación:

    Después, registra lo que notaste: ¿cambió tu respiración?, ¿apareció incomodidad o calma?, ¿se modificó tu ritmo interno?, ¿fue fácil o difícil permanecer?, ¿surgió alguna idea o sensación? 

    Al final de la semana, revisa tus notas. Puede que descubras que una pausa breve, practicada con atención puede modificar la forma en que habitas tus días.  

    Para seguir explorando

    ¿Y si el ocio no fuera una pérdida de tiempo, sino el inicio de la creación? El artista Román de Castro nos invita a ver en la pausa una oportunidad para imaginar y transformar. 

    El comediante y músico Adrián Parada conversa con Conexpresión sobre el disfrute, el humor y el lugar del ocio en los procesos creativos y en la vida cotidiana. 

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