El poder de lo cotidiano

Escrita por: Elisa Ochoa

Últimamente vivimos rodeados de discursos sobre los hábitos y su importancia. Sobre este tema encontramos libros, podcast, videos, aplicaciones y publicaciones en redes sociales que nos hablan de rutinas matutinas, métodos para optimizar el tiempo, estrategias para ser más eficientes o invitaciones a despertarnos cada vez más temprano. La mayoría de estas propuestas son valiosas y pueden aportar herramientas a nuestra vida, sin embargo, buena parte de ellas asocian el valor de los hábitos con la productividad y el rendimiento, los instrumentalizan. 

Tenemos cada vez más información y herramientas para organizarnos, sin embargo, muchas veces sentimos que pasamos los días sin habitarlos y, quizás, también sin habitarnos. Vivimos en un mundo acelerado que nos está empujando continuamente a hacer más y más rápido, dejando poco espacio para la quietud, para el asombro y para experimentar el presente con todos los sentidos.  

El filósofo alemán Harmut Rosa sostiene que el problema de nuestra época no es solo la velocidad, sino la dificultad creciente de sentirnos verdaderamente tocados por el mundo. A esa posibilidad de dejarnos afectar por lo que nos rodea y responder a ello la llama resonancia y la contrapone con la alienación que produce la aceleración, así mismo, afirma que “una buena vida es una vida resonante”. Quizás, siguiendo esta idea, la pregunta por los hábitos no debería ser únicamente cuáles incorporar en nuestra rutina para hacer más y mejor, sino cuáles nos ayudan a mantener viva la relación con nosotras mismos, con los otros y con el mundo. 

La vida se sostiene en lo pequeño

La mayor parte de nuestra existencia transcurre lejos de los grandes acontecimientos. Lo que somos también se configura en cada desayuno, en la forma en que escuchamos, en cómo descansamos, caminamos o conversamos, en lo que miramos en el celular, en los lugares que frecuentamos, en todas esas pequeñas cosas a las que no siempre les damos importancia, pero que repetimos una y otra vez. 

Muchas veces creemos que la vida se define en momentos clave, que el futuro se construye a partir de grandes oportunidades o decisiones, pero se nos olvida reconocer que, en realidad, la vida está hecha de repeticiones, que lo que elegimos hacer a diario, en los momentos que no parecen tan relevantes, es lo que le va dando forma a nuestra existencia. 

Lo cotidiano al ocupar gran parte de nuestra vida, participa en la construcción de quienes somos. En este sentido, resulta pertinente lo planteado por el antropólogo Tim Ingold, quien dice que “los humanos no somos seres sino devenires”, según su perspectiva no somos un ser terminado, sino alguien que se va haciendo en el camino. Aquello que repetimos no solo organiza nuestros días, también configura nuestra manera de vivir, de relacionarnos y de habitar el mundo. 

Pero no todas las repeticiones sostienen la vida que quisiéramos vivir. También repetimos gestos que nos alejan de nosotras mismas, por ejemplo, mirar el celular para escapar de la realidad, responder mensajes mientras conversamos con alguien, comer con prisa, posponer el descanso o hacerlo con la sensación de que deberíamos estar haciendo algo más. Estas acciones, que también son pequeñas, de igual manera moldean nuestra forma de establecernos en el mundo. 

Con respecto a esto, Hartmut Rosa sugiere que, incluso las acciones que parecen desacelerarnos, pueden terminar subordinadas a la lógica del rendimiento. Descansamos para producir más. Meditamos para ser más eficientes. Caminamos para cumplir con el número de pasos que nos dicta un reloj. Cuando todo en nuestra vida se convierte en un medio para otro fin, perdemos la posibilidad de vivir esas prácticas como experiencias de resonancia y de verdadero bienestar. Rosa lo nombra como “estrategias de desaceleración […] que simultáneamente, preparan el terreno para un mayor rendimiento y productividad y, por lo tanto, para una mayor aceleración” (López-González, 2023). Si las repeticiones van dando forma a nuestra existencia, vale la pena preguntarnos cuáles queremos cultivar. 

Habitar la vida cotidiana 

Habitar la vida cotidiana no significa hacer cosas extraordinarias ni sumar una lista larga de nuevos hábitos. Significa empezar a mirar con atención las acciones que ya hacen parte de nuestros días. Cultivar presencia mientras preparamos un café, abrimos la ventana, caminamos al trabajo o conversamos con alguien. Todas estas son acciones sencillas que casi siempre pasan inadvertidas. No transforman nuestra vida de un día para otro, pero sí pueden darle profundidad a la manera en que la habitamos. 

El historiador y filósofo Michel de Certeau identifica la vida cotidiana como un espacio de creación. Para él, las personas comunes inventamos diariamente maneras de vivir dentro de un mundo que no hemos diseñado. Este autor afirmaba que el “el espacio es un lugar practicado”. Según esta idea, no es suficiente con que un lugar exista; es la forma en que lo recorremos, lo compartimos y lo vivimos lo que hace que tenga sentido. Podría decirse que ocurre lo mismo con el tiempo cotidiano. Los días no se vuelven vida solo porque transcurren, sino porque estamos presentes para habitarlos. Así como una casa no se convierte en un hogar solo por existir, un día no se convierte en vida solo porque transcurra. Necesita ser habitado. 

Quizás los hábitos que sostienen la vida no son los que nos prometen obtener una versión más eficiente de nosotras mismas, sino aquellos que nos mantienen presentes en lo que deseamos cuidar. Estos hábitos no son fórmulas mágicas que eliminan el cansancio, la incertidumbre o que nos alejan del ritmo acelerado del mundo, pero sí nos ayudan a recordar que la vida se construye a cada instante, en la manera en que respiramos, escuchamos, miramos, descansamos y entramos en sintonía con quienes nos rodean. Más que una estrategia para ser mejor o producir más, son una forma de estar presentes en nuestra propia, en esta única vida.

Reto semanal: redescubrir lo cotidiano

Esta semana, te invitamos a que elijas una acción que ya haga parte de tus días. Puede ser preparar el desayuno, levantarte de la cama, lavarte los dientes, caminar hacia el trabajo o tomarte una bebida caliente. 

Durante esta semana, intenta realizar esa actividad dándole toda tu atención. Observa qué cambia cuando no la haces únicamente para llegar al siguiente momento, sino cuando en realidad la habitas. No busques hacerlo perfecto, solo date la oportunidad de estar presente en esa pequeña práctica cotidiana. 

    Para seguir explorando

    Te compartimos esta práctica para volver al presente, la cual utiliza los cinco sentidos como una forma sencilla de volver a habitar el aquí y el ahora. 

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