Los límites como forma de cuidado mutuo

Escrita por: Elisa Ochoa

En algunas ocasiones decimos que sí, cuando en realidad todo dentro de nosotras grita que no. Así es como terminamos aceptando más tareas de las que podemos manejar, yendo a lugares en los que no queremos estar, respondiendo mensajes cuando lo que en realidad necesitamos es descanso o aceptando peticiones que nos incomodan. Todos estos “sí” que debieron ser “no” muchas veces los pronunciamos desde una idea profunda y muy bien instalada de evitar el conflicto, de no decepcionar, de querer pertenecer y otras veces lo hacemos porque, sencillamente tenemos el “sí” automatizado. 

Con frecuencia evitamos poner límites porque creemos que esto nos va a llevar a perder nuestras relaciones. Sin embargo, lo que suele ocurrir es justo lo contrario, de forma que la ausencia de límites termina desgastando los vínculos. Cuando no logramos expresar con claridad nuestras necesidades ni mostrarnos de forma auténtica, comienzan a aparecer los malentendidos, el cansancio, el resentimiento y todo esto va agrietando nuestras relaciones con los otros. 

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué nos cuesta tanto poner límites? y ¿por qué algo en apariencia tan sencillo como decir “no” puede resultar tan difícil? A primera vista podríamos pensar que se trata de un problema de comunicación o de falta de asertividad, pero quizá sea algo más profundo. Tal vez poner límites tenga menos que ver con aprender ciertas técnicas y más con desarrollar una relación distinta con nosotras mismas. 

El cuidado de sí mismo 

En su libro La hermenéutica del sujeto, Michel Foucault aborda el concepto griego de epimeleia heautou, que puede traducirse como la inquietud o el cuidado de sí mismo. Este cuidado no era entendido como individualismo o egoísmo, sino como una práctica ética que se traducía en una forma de atención. Se ejercitaba a través de la autoobservación, el autoconocimiento y el examen constante de la propia vida, con el fin de habitar el mundo y los vínculos de una forma más consciente. Sin este ejercicio de atención, el límite no es una posibilidad, porque para poner un límite es imprescindible reconocer lo que necesito, lo que puedo ofrecer y lo que no puedo sostener. 

Sin embargo, esta invitación a “ocuparse de sí mismo”, parece hoy tomar un lugar secundario. Nuestra cultura nos invita de forma reiterada a la complacencia y nos impulsa a responder, producir, adaptarnos y estar disponibles para los demás de forma continua. Esto hace que la escucha de nuestras propias necesidades quede relegada y que muchas veces nos resulte más fácil identificar lo que se espera de nosotras que reconocer lo que en realidad queremos o necesitamos. 

El primer “no” 

El médico y escritor Gabor Maté, especialista en trauma, plantea una perspectiva interesante para comprender por qué a muchas personas les cuesta poner límites. Según este autor, desde muy pequeños los niños y las niñas aprenden a decir con firmeza “no”. Este gesto es uno de sus primeros actos de individuación, es la manera en que marcan una distancia entre sus propios deseos y los de los demás. Este es el comienzo de una voluntad propia desde donde reconocerse y construir una identidad. 

Esta primera barrera, como lo dice el autor, no es un muro que aleja, sino un límite desde el cual se construye el propio espacio. El problema aparece cuando ese “no” es recibido como algo que debe castigarse, corregirse o silenciarse. Como lo plantea el autor, muchas veces es entendido como un monstruo que hay que aplastar antes de que crezca. De esta forma, lo que debía convertirse en la base de una identidad capaz de establecer límites se asocia, desde muy temprano, con el conflicto o la pérdida de afecto. 

Tal vez por esto es que tantas personas llegan a la adultez con una gran dificultad para expresar lo que en realidad quieren o para sostener un límite ante los demás. Maté suele decir que “si no puedes decir que no, tu cuerpo lo hará por ti”. Parte de su trabajo se ha centrado en estudiar el estrés que experimentamos cuando nos enfocamos constantemente en complacer a otros, evitando establecer límites claros y dejándonos a nosotras mismas en último lugar. En estos casos el malestar no siempre es visible desde afuera, es por esto que algunas de las personas que parecen más tranquilas, silenciosas o adaptables, pueden en realidad, estar muy afectadas por el estrés.

Cuando dejamos de escucharnos 

En el fondo, Foucault y Maté parecen coincidir en que el problema no solo tiene que ver con la dificultad para expresar un límite, sino en la pérdida de la capacidad para reconocerlo cuando aparece. Aquí vale la pena recordar que antes de convertirse en palabras o gestos externos, el límite se manifiesta en el cuerpo, a través de tensión, de irritabilidad, de cambios en la respiración o en la sensación persistente de que algo no está bien. Sin embargo, vivimos tan ocupados y desconectados de nuestro propio cuerpo que solemos omitir estas señales. 

Cada vez que nos ignoramos y pasamos por encima de lo que sentimos para satisfacer a otros, nos alejamos de la posibilidad de ser auténticos. Por eso el cuidado de sí no comienza en el momento en que establecemos el límite, sino mucho antes, cuando somos capaces de prestar atención a lo que ocurre dentro de nosotras, cuando nos observamos con curiosidad y aprendemos a conocernos. Reconocer y plantear un límite es también una forma de darle lugar a nuestras necesidades, sabiéndolas legítimas y merecedoras de ser atendidas. 

Del reconocimiento a la expresión 

Sin embargo, reconocer una necesidad no significa necesariamente que sepamos comunicarla. Hay personas que se conocen muy bien, que saben con exactitud lo que les incomoda, lo que les agota o lo que necesitan, pero aun así no logran decirlo a los demás y les cuesta establecer un límite a partir de ahí. Es en este punto que la cuestión pasa del autoconocimiento a la comunicación. 

En su libro Comunicación no violenta, Marshall Rosenberg plantea que muchos de los conflictos humanos provienen de la forma en que expresamos nuestras necesidades. El autor afirma que la mayoría de las veces lo hacemos desde la crítica, la exigencia, el reproche o incluso la petición implícita, esperando que el otro entienda y actúe según lo que ni siquiera hemos dicho de forma directa y sintiéndonos molestos si no lo hace. 

Desde esta perspectiva, poner un límite no consiste en imponer nuestra voluntad ni en asumir que el otro sabe lo que queremos. Tiene que ver, más bien, con expresar de forma honesta, clara, directa y reconociendo al otro lo que necesitamos para así cuidar de nosotras mismas y de las relaciones en las que nos vinculamos. Lo importante aquí no es solo el contenido del mensaje, sino poder expresarlo sin agresión, pero sin renunciar a nuestras propias necesidades y deseos. 

Del límite al acuerdo 

Tal como se ha planteado, el límite no tiene que verse como un muro sino como una posibilidad de encuentro y apertura. Un “no” no tiene que entenderse como una puerta que se cierra, en muchos casos se presenta como una posibilidad, como el comienzo de una conversación más honesta. Cuando logramos expresar nuestras necesidades con sinceridad y claridad, aparece la opción de construir acuerdos y encontrar puntos medios que tengan en cuenta a todas las partes involucradas. 

Es por eso que los límites no son lo contrario al cuidado, sino que son una de sus formas. Nos permiten reconocer nuestro propio contorno y relacionarnos con los demás desde un lugar más consciente. El límite no tiene que entenderse necesariamente como una distancia, sino que puede verse como un puente, como un espacio desde el que nos podemos encontrar de una manera más auténtica, más clara y más humana. 

Reto semanal: observar las voces internas 

Esta semana, te invitamos a que antes de responder de forma automática a una petición, te detengas un momento y escuches las voces que aparecen. 

¿Qué dice la voz que quiere complacer? La que teme decepcionar, que evita el conflicto y que ya tiene listo el sí antes de pensarlo. 

¿Qué dice la voz que quiere cuidarte? Esa que tal vez es más callada, que puede sentirse desde el cuerpo, tal vez como una tensión en el pecho, como un cambio en la respiración o incluso como cansancio, y que de pronto, está pidiendo espacio, tiempo o simplemente ser escuchada. 

¿Dónde está el punto intermedio entre ambas? No el sí automático ni el no defensivo, sino esa respuesta que refleja en realidad lo que necesitas. 

Si te atreves, trata de nombrar esa necesidad en voz alta (puede ser solo para ti) antes de decidir responder. 

Te invitamos a escribir sobre qué voz reconociste con más claridad esta semana y qué sentiste al darle más espacio. 

    Para seguir explorando

    En esta conversación, la psicóloga Pilar de la Torre explica cómo la comunicación no violenta puede ayudarnos a expresar límites de forma clara y sin dañar al otro. 

    En este fragmento de entrevista, Marshal Rosenberg, creador del concepto Comunicación No Violenta, reflexiona sobre la importancia de escuchar y comunicarnos desde la empatía para construir relaciones más auténticas y respetuosas. 

    En este fragmento de entrevista, Marshal Rosenberg, creador del concepto Comunicación No Violenta, reflexiona sobre la importancia de escuchar y comunicarnos desde la empatía para construir relaciones más auténticas y respetuosas. 

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