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Vivir despiertos: el costo de una vida que no se detiene
Escrita por: Elisa Ochoa
Ciudades como París, Tokio, Nueva York y, desde hace unos años, incluso Bogotá son calificadas como “ciudades que nunca duermen”. Un apelativo que suele recibirse con orgullo y que es entendido como un sinónimo de dinamismo, luces y una gran oferta de esparcimiento nocturno. Sin embargo, esta idea de modernidad también ha ido afectando nuestros ritmos, entre ellos la relación con el sueño y el lugar que le damos en nuestra vida.
La luz artificial, la presencia de pantallas a lo largo de nuestro día y la actividad constante le dicen a nuestro cerebro que el día se extiende incluso después de que el sol se ha escondido. Y esta situación no solo nos afecta a los humanos, sino también a los animales. Según Héctor Favio Rivera Gutiérrez, biólogo e investigador de la Universidad de Antioquia, la luz artificial hace que los animales, en general, duerman menos, provocando estrés oxidativo, y que las aves, en particular, empiecen a cantar más temprano, que su canto dure más y que tengan un menor éxito reproductivo.
Tal vez, una ciudad que siempre está despierta no representa únicamente una vida llena de posibilidades, sino que también dificulta cada vez más la capacidad de detenernos, de descansar y afecta de forma directa nuestra salud y la de otros seres.
Muchas veces se cree que dormir es un estado pasivo, incluso que es un tiempo perdido, pero la ciencia dice lo contrario. Dormir es un proceso vital durante el cual ocurren numerosas funciones indispensables para nuestro organismo. Según el Instituto del Sueño de Madrid, el sueño es un proceso vital que le permite al cerebro procesar y consolidar lo aprendido en el día, eliminar toxinas y productos de desecho, reparar los tejidos, reforzar el sistema inmunitario y regular las hormonas. Por eso, cuando el sueño se ve alterado o es insuficiente, las consecuencias pueden ir más allá del cansancio al día siguiente. Muchos estudios actuales muestran que los problemas relacionados con el sueño están lejos de ser una situación aislada.
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Los problemas de sueño en cifras
La Organización Mundial de la Salud (OMS) tiene identificados 88 tipos de trastornos del sueño. Entre ellos, el insomnio crónico es el más frecuente y se estima que afecta aproximadamente al 40 % de la población mundial.
En Colombia, las cifras también llaman la atención. Según la Asociación Colombiana de Medicina del Sueño (ACMES), el 59% de los colombianos sufre algún tipo de trastorno del sueño y más del 40% recurre a medicamentos para poder descansar. Además, el Hospital San Vicente Fundación de Medellín reporta que entre 2023 y 2025 fueron atendidas en esta institución 3.231 personas por trastornos relacionados con el sueño.
Pero el problema no se limita a la dificultad de conciliar el sueño o el cansancio que viene al día siguiente. De acuerdo con National Heart, Lung and Blood Institute (NHLBI) la deficiencia de sueño genera cambios en la actividad del cerebro que pueden “afectar la capacidad de razonamiento, reacción, trabajo, aprendizaje y convivencia con los demás”. Asimismo, mantener una mala calidad del sueño aumenta el riesgo de tener presión arterial alta, enfermedad cardíaca, sobrepeso, diabetes, entre otros.
Estos efectos también han sido documentados en investigaciones realizadas en Colombia. En 2016, la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá adelantó una investigación en Bogotá, Santa Marta y Bucaramanga. Según los resultados reportados en un artículo de la Universidad Nacional, el 59.6% de los consultados tenía problemas de sueño y, además, se encontró una asociación del 70 al 95% entre las enfermedades del corazón y la apnea de sueño.
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¿Cómo han cambiado nuestras horas de descanso?
Durante mucho tiempo, nuestros días estuvieron guiados por la luz del sol. El día señalaba el momento de estar despiertos y activos, y la llegada de la noche anunciaba que era momento de descansar. Nuestro cuerpo aún conserva ese rito. El ciclo circadiano regula, entre otras funciones, nuestros periodos de sueño y vigilia.
Hoy, sin embargo, hemos encontrado muchas formas de prolongar el día. Tenemos luces artificiales, pantallas, jornadas laborales nocturnas y un estilo de vida que insiste en mantenernos activas las 24 horas del día. Todo eso hace cada vez más fácil retrasar el momento de dormir. Si bien nuestro entorno ha cambiado, nuestro cuerpo sigue necesitando descanso, así que cuando dormimos menos, esas horas que dejamos de dormir se van acumulando. Esto es lo que se conoce como deuda del sueño. Según el Instituto de Investigaciones del Sueño de Madrid (IIS), “la mejor estrategia es la regularidad. Acumular deuda del sueño y compensar solo el fin de semana no equivale a dormir bien de forma habitual”.
Pero entonces, ¿cuánto necesitamos dormir? Las necesidades de sueño cambian a lo largo de la vida. Un bebé puede necesitar entre 12 y 16 horas, mientras que un adolescente requiere entre 8 y 10. En el caso de los adultos, la recomendación general es dormir entre 7 y 9 horas por noche (Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU. – MedlinePlus).
No solo importan el número de horas de sueño sino también la calidad del descanso. Dormir poco puede permitirnos realizar muchas actividades, cumplir nuestras obligaciones y aparentemente funcionar con normalidad. Pero dormir lo suficiente no es lo mismo que simplemente poder seguir funcionando. El mínimo biológico para mantener las funciones vitales es de unas 4 o 5 horas, pero los estudios estiman que el punto óptimo para alcanzar el máximo bienestar y calidad de vida es una media de 8.3 horas de descanso (ISS).
Por eso, más que buscar reducir nuestro tiempo de sueño para hacer espacio a todo lo demás, tal vez sea necesario preguntarnos cuánto tiempo de sueño necesita nuestro cuerpo para funcionar y vivir bien.
No siempre podemos detener el ritmo del lugar en el que habitamos, ni apagar todas las luces o desconectarnos por completo de nuestras responsabilidades. Pero sí podemos empezar a reconocer el descanso no como un tiempo que le quitamos al día sino como parte fundamental de lo que necesitamos para vivirlo.
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Reto semanal: observar nuestro descanso
Esta semana te proponemos un ejercicio bastante sencillo: observar cómo estás durmiendo.
Durante algunos días, registra a qué hora te acuestas, a qué hora te levantes y cómo te sientes al comenzar el día. No se trata todavía de cambiar tus hábitos ni de cumplir ninguna meta, sino de prestar atención y estar más presente en el proceso.
Pregúntate cuánto estás durmiendo, cómo te sientes durante el día y qué lugar está ocupando el descanso en tu rutina.
Al final de la semana, identifica un pequeño cambio que puedas hacer para darle un poco más de espacio al sueño en tu rutina.
Para seguir explorando
¿Qué pasa en nuestro cuerpo cuándo dormimos y qué consecuencias tiene dormir mal? En este episodio de Podcast UNAL, el psiquiatra y experto en medicina del sueño Francklin Escobar Córdoba y la psicóloga y doctora en psicología con especialidad en neurociencias Ángela María Gómez Fonseca conversan sobre el sueño desde la medicina y las neurociencias.
